La vivienda de Analí Yupanqui es uno de los muchos hogares en San Juan de Miraflores, Perú, que no tienen agua corriente. Para conseguirla, Analí tiene que bajar desde lo alto del cerro hasta la carretera para comprar agua de camión y cargarla hasta su casa. Foto: Pablo Tosco /Oxfam Intermón.

La vivienda de Analí Yupanqui es uno de los muchos hogares en San Juan de Miraflores, Perú, que no tienen agua corriente. Para conseguirla, Analí tiene que bajar desde lo alto del cerro hasta la carretera para comprar agua de camión y cargarla hasta su casa. Foto: Pablo Tosco /Oxfam Intermón.

El coronavirus no discrimina, las desigualdades sí

 

Las consecuencias de la pandemia ya nos muestran los límites del sistema en el que vivimos y nos sacan las vergüenzas que no hemos querido enfrentar, las desigualdades que hemos querido ignorar.

El Coronavirus (COVID-19) se expande en la región de la desigualdad, América Latina y el Caribe, y nos restriega en la cara problemas que hace décadas venimos advirtiendo sin poner solución. Una pandemia no tiene posibilidad de solucionarse individualmente ni bajo las reglas del mercado, solo lo colectivo, lo público y el sentido de la solidaridad pondrán solución al Coronavirus. O nos salvamos todas o nos hundimos todos.

El virus no discrimina, dicen, pero el acceso y la calidad de los sistemas de salud, los sistemas de protección, el nivel de ahorro, la forma de inserción laboral, la carga del cuidado, el olvido de las zonas rurales, el acceso al agua potable, los niveles educativos, el hacinamiento en los barrios pobres SÍ discriminan. Es muy importante entender que mientras haya una persona contagiada todas estaremos en riesgo y en sociedades tan fragmentadas como las latinoamericanas definitivamente hay quienes tienen todas las de perder.

Los datos cambian todos los días, según el conteo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), este martes 31 de marzo ya se reportaban 16,251 casos en América Latina y el Caribe, siendo los países con mayor incidencia Brasil, Chile y Ecuador (9,076). La mayoría de los gobiernos están comenzando a tomar medidas de control similares a las chinas y europeas; como la restricción de movimientos, la suspensión de clases, la prohibición de eventos masivos, el cierre de comercios y el cierre de fronteras.

Las consecuencias son aún imposibles de dimensionar, pero ya nos muestran los límites del sistema en el que vivimos y nos sacan las vergüenzas que no hemos querido enfrentar, las desigualdades que hemos querido ignorar y la urgente necesidad de revalorizar y fortalecer lo público, lo común, lo colectivo.

A continuación, algunos de los urgentes retos en América Latina y el Caribe que el Coronavirus nos enrostra:

Los sistemas de salud públicos, universales y de calidad ahora brillan por su ausencia

Es en estos momentos cuando nos damos cuenta de que la salud es un bien público que no se debe privatizar.

La inversión pública en salud de la región es en promedio de un 2,2% del PIB, más o menos la mitad de la que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda. No nos debe sorprender que los sistemas públicos no estén preparados para enfrentar adecuadamente una crisis de esta magnitud. Es muy probable que el sistema público de registro esté subestimando los casos y que los desabastecidos hospitales públicos colapsen. Mientras tanto, la privatización, que ha generado una salud para ricos y otra para pobres no es capaz ni de salvar a los ricos.

Ahora nos damos cuenta que mientras no haya contagiados, sean ricos o pobres, todos estamos en riesgo y que por lo tanto es necesario tener un sistema público y universal de salud que funcione para ricos y para pobres. El informe Privilegios que niegan derechos hizo el ejercicio de comparar la extrema riqueza de nuestros países con la baja inversión en salud y los datos hoy son vergonzantes.

Para poner dos ejemplos: la riqueza de los 190 paraguayos con fortunas de 30 millones de dólares es equivalente a 25 veces el gasto público en salud en su país y en Honduras, los 225 hondureños con fortunas de 30 millones de dólares es equivalente a 38 veces el gasto público en salud en su país. Si esas fortunas aportarán más impuestos para fortalecer los sistemas públicos de salud, estaríamos al menos mejor preparados para lo que hoy acontece.

Isabel Guachiac trabaja informalmente tejiendo telares en Guatemala. Foto: Pablo Tosco /Oxfam Intermón.

Imposible quedarse en casa para las y los trabajadores informales

Si se reduce la actividad económica y se restringe el desplazamiento, ¿de qué vivirán los trabajadores informales que son, según Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 49% de los ocupados de la región y mayoritariamente mujeres? Uno de los países con más alta tasa de informalidad es Ecuador con un 60% de empleo informal y donde aún no se han tomado medidas de compensación. En Perú, con también un 60% de informalidad, según CEPAL, se dará el equivalente a 380 soles (US$105) a cada familia que viva del sector informal durante los 15 días de cuarentena decretados.

Nos damos cuenta de que poco ha cambiado la calidad del empleo en la región en las últimas décadas y que de nuevo los más afectados son los más pobres y las mujeres que no cuentan con redes de protección social efectivas. Es imperioso desarrollar medidas para asegurar la subsistencia de estos colectivos de trabajadores informales si esperamos que se cumpla la cuarentena.

El cuidado de las y los que cuidan

El Coronavirus está haciendo que se valore el trabajo del personal sanitario que arriesga su vida para cuidarnos, vemos aplausos masivos y merecidos en España a estas trabajadoras y trabajadores, mayoritariamente mujeres y de los que no nos acordamos el resto del año. Pero es importante acordarnos también de las trabajadoras del hogar que limpian y cuidan de niños y ancianos. En América Latina y el Caribe casi el 10% de las mujeres ocupadas son trabajadoras domésticas. Sus derechos laborales, en la mayoría de los países de la región, no están protegidos y será necesario que las familias y los estados protejan su salud garantizando su salario aunque no puedan ir a trabajar.

La necesaria armonía entre la vida y el trabajo remunerado

Nos cierran las escuelas, pero no los trabajos y de repente todas y todos nos hacemos conscientes de que el cuidado toma tiempo y esfuerzo.

Las mujeres estamos más acostumbradas estos malabares de la multifuncionalidad simultánea. En muchos países de América Latina y el Caribe, las mujeres llegamos a dedicar casi una jornada laboral completa a las labores domésticas o de cuidado sin ninguna remuneración. Más del doble de lo que lo hacen los hombres. Así no hay forma de que nos insertemos en el trabajo remunerado en igualdad de condiciones.

La crisis del Coronavirus lanza al debate de forma cruda lo que hace tiempo las “radicalísimas” economistas feministas plantean: es necesario poner el cuidado y la reproducción en el centro de nuestras sociedades, como un derecho y un deber colectivo y por lo tanto no dejándolo como un tema privado de las mujeres.

Cuando no hay para todos hay que elegir

Si a alguien se debe proteger en esta crisis es a quienes más lo necesiten, no solo porque sea justo, sino porque es lo necesario para parar la pandemia. En poco tiempo es muy probable que veamos a la gran empresa negociando subsidios e incentivos para paliar las pérdidas y evitar despidos.

Es importante dirigir los subsidios e incentivos a los trabajadores informales y pequeñas empresas que no tienen márgenes de beneficio para subsistir a las crisis. Sabemos que los grandes sectores empresariales reciben ya importantes privilegios fiscales, con los impuestos que se dejan de percibir por incentivos fiscales a las empresas en algunos países de América Latina y el Caribe se podría aumentar hasta un 50% el gasto público en salud. Por otro lado, los grandes conglomerados empresariales esconden sus ganancias usando mecanismos contables para no pagar impuestos y además que cada vez pesan más en los gastos de las empresas los pagos a sus accionistas que a sus trabajadores por lo que la gran empresa tiene importante espacio para amortiguar la crisis sin afectar el empleo.

Es importante que el peso de la crisis se dirija a quienes pueden afrontarlo reduciendo sus ganancias y no a quienes no tienen colchón con el que compensar el golpe.

Gerardo vive en el barrio Simón Bolivar en República Dominicana, donde la mayoría de la población no tiene acceso a una vivienda digna. Foto: Pablo Tosco /Oxfam Intermón.

Sin agua y hacinados

Medidas tan básicas, como lavarse las manos o evitar el contacto físico son difíciles para el 21% de la población urbana latinoamericana que vive en barrios marginales, asentamientos informales o viviendas inadecuadas. En estos lugares los servicios básicos son un lujo, muchas viviendas no cuentan con ni siquiera acceso a agua dentro de ellas. En estos asentamientos el hacinamiento es inevitable. El contagio será mucho más rápido si no se toman medidas que los protejan y les garanticen servicios y atención básicas.

El derecho a la vivienda digna sigue siendo una de las políticas más olvidas por los Estados que en muchos casos la consideran un tema privado, el Coronavirus pone este tema en el centro como un problema público y no individual.

Este año la recesión será fuerte

Se hunden las bolsas y bajan los precios del petróleo. La recesión reducirá también los ingresos fiscales y el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) han anunciado la disponibilidad de préstamos para hacer frente a la crisis. Es imprescindible que los Estados tomen medidas fiscales que aseguren los recursos necesarios para enfrentar la crisis sin inflar la deuda de forma insostenible. La deuda, debido a la estructura tributaria en la región, se paga principalmente con impuestos indirectos que paga la ciudadanía y que afectan más a la población más pobre y por tanto a las mujeres. Es imprescindible encontrar más ingresos públicos que vengan de quienes sí pueden pagarlos, es muy necesario por tanto que se hagan reformas que se llevan años postergando en la región.

La crisis del Coronavirus por tanto desnuda de nuevo las desigualdades en la región, producto de sistemas como el patriarcado, el neoliberalismo, o el racismo que no han sido confrontados. Se hace obligatorio pensar más rápido sobre problemas estructurales que hasta ahora se han postergado privilegiando a unos pocos.

Ahora más que nunca necesitamos estados fuertes, eficientes y justos que prioricen el bien común y que minimicen las vergüenzas que afloran frente a la pandemia. Es una oportunidad de repensar el sistema y modificarlo. El virus no discrimina, enfrentar las desigualdades debe ser ahora una prioridad también para los privilegiados.

Las pandemias no conocen fronteras, tampoco debería la solidaridad