Las personas, más allá de su pobreza y su vulnerabilidad han mejorado sus conocimientos y capacidades para prepararse ante los desastres. / © Carlos Herrera

Lo que el agua no se llevó

Finales de octubre y comienzos de noviembre de 1998 son recordados en Centroamérica como fechas lamentables, unas 10,000 personas fallecieron y otras tantas desaparecieron por el paso del Huracán Mitch, uno de los más fuertes fenómenos de los que se tiene registro. Durante semanas las noticias de América Latina, Estados Unidos y buena parte de Europa y el mundo repetían sin descanso las imágenes de poblados arrasados, gente viviendo apiñada en albergues y largas filas de espera para acceder a la ayuda humanitaria.

La solidaridad internacional no se hizo esperar y el mundo volcó su atención y recursos para ayudar a estos países a recuperarse. Se estima que la región recibió más de 6 mil millones de dólares en ayuda, según comentan la ayuda superó los daños.

Los fondos sirvieron también para inversiones en infraestructura: construcción de vías, puentes, muros de contención, a la vez que se creaban organismos nacionales y regionales de Gestión de Riesgos de Desastres; Centroamérica conformó cuerpos subregionales de gobierno mediados por un desastre. Todo esto bajo fuertes denuncias de corrupción y malversación de fondos. Esas prácticas lamentables que están instaladas en la región y que son peores que varios que el paso de varios huracanes a la vez. ¿Qué queda de todo esto?, muy poco la verdad, y será tema de otro encuentro.

La fragilidad geográfica de la región, por ser ruta de huracanes y tormentas, la violencia heredada de épocas de guerras de guerrillas y el cambio climático se manifiestan allí como casi en ninguna otra parte del planeta. En los últimos cinco años, más de tres millones de personas se van cada día a la cama con apenas una o dos comidas de mala calidad al día. Cuando no es la sequía silenciosa, son las inundaciones estrepitosas; el equilibrio se rompió y las víctimas son las personas que menos responsabilidad tienen en este estado de cosas.

Más allá de esa maraña de dificultades, propias y externas, quedó claro en las personas que sus capacidades deberían ser fortalecidas. Organizaciones de sociedad civil, nacionales y extranjeras apoyaron a las comunidades afectadas, no solo a recuperarse de los daños de Mitch, sino a anticipar la llegada de otros huracanes, bajo la certeza de que vendrían más amenazas para sus vidas, no solo por huracanes.

Esto también ocurrió con las organizaciones locales, las de campesinas/os, de mujeres, indígenas y tantas otras que asumieron el rol que los gobiernos no han tomado; estas organizaciones son las que están en los territorios, las que conocen a las familias y saben quiénes y cómo se afectarán con cada crisis. Son ellas, quienes desde el comienzo de cualquier crisis alertan sobre la afectación a las personas más vulnerables. Los datos con los que se cuenta hoy han sido levantados, en gran medida, por estas organizaciones.

Estos dos elementos, las capacidades de las personas y la fortaleza de las organizaciones locales, ayuda a explicar, por qué, luego de dos huracanes, Eta y posteriormente Iota, que pasaron por rutas muy similares con intensidades máximas, con diferencia de 12 días y que causaron un número de damnificados al menos 5 veces mayor que el Mitch, han dejado un número de víctimas mortales infinitamente menor. Por supuesto que la tecnología tiene también un rol muy importante, la tecnología al servicio de las personas más vulnerables.

El agua dejó inhabitables unas 300 mil casas, más de 700 carreteras están destruidas y unos 220 puentes fueron arrasados, todas cifras preliminares que irán en incremento a medida que el acceso mejore y que se pueda llegar a zonas más remotas. Todas las cifras de daños son inmensamente mayores que las del 1998, la cifra que marca la diferencia es la de pérdida de vidas; van 200 personas fallecidas, una cifra aún inaceptable y evitable, pero no comparable con la de 1998. Las personas, más allá de su pobreza y su vulnerabilidad han mejorado sus conocimientos y capacidades para prepararse ante los desastres.

Foto: Wilmer López

El agua y el viento han afectado la infraestructura, se han llevado por delante 20 años de avances de estos países y les devuelve casi que, al siglo pasado. Pero las capacidades les ha permitido preservar la vida. En las Américas, el principio de salvar vidas en contextos de crisis, se hace en el día a día, no solo en los momentos de desastre, las inversiones en preparación, que son tan difíciles de conseguir muestran su importancia en situaciones como esta.

A Centroamérica y al mundo le queda el reto enorme de levantarse de los huracanes y la COVID, millones de personas en las peores condiciones socioeconómicas y con unas democracias debilitadas al límite de lo inimaginable, que hacen que, en medio de huracanes, la protesta social se agite, como ocurrió en Guatemala. Ojalá recordemos que detrás de este drama hay personas y organizaciones con las que se puede contar para el trabajo que viene.