El virus del hambre se multiplica. Conflictos, Covid-19 y cambio climático: una combinación mortal que agrava el hambre en el mundo

Sábado, 10 Julio, 2021

 

 

Un año y medio después del comienzo de la pandemia, las muertes por hambre superan a las provocadas por el virus.[1] Los conflictos armados, las alteraciones económicas provocadas por la pandemia y la creciente crisis climática han agravado la pobreza y la catastrófica situación de inseguridad alimentaria en las zonas con más hambre en el mundo, creando a su vez nuevos núcleos de hambre.

“Antes de la guerra tenía un pequeño negocio con el que mi familia y yo podíamos llevar una vida digna. Pero cuando estalló la guerra en mi país lo perdí todo. La comida es cada vez más cara y he perdido mi empleo, por lo que no nos llega para vivir. Algunas noches, mis [cinco] hijos e hijas se acuestan con hambre.” Wafaa, 38 años, mujer del norte de Siria

 

El año pasado, Oxfam alertó en su informe El virus del hambre de que el hambre podría causar más muertes incluso que el propio virus de la COVID-19. Este año, 20 millones de personas más se han visto arrastradas a niveles extremos de inseguridad alimentaria, entre los que se encuentran un total de 155 millones de personas en 55 países.[2] Desde el inicio de la pandemia, el número de personas que viven en condiciones cercanas a la hambruna se han multiplicado por seis, hasta llegar a más de 520 000.[3]

Lo que parecía una crisis global de salud pública ha derivado rápidamente en una grave crisis de hambre que ha puesto al descubierto la enorme desigualdad del mundo en que vivimos. A menos que los Gobiernos actúen de forma urgente para abordar la inseguridad alimentaria y sus causas, lo peor está aún por llegar. Las estimaciones apuntan a que, probablemente, 11 personas estén muriendo cada minuto a causa del hambre extrema provocada por la combinación letal de los conflictos, la COVID-19, y la crisis climática.[4] Este ritmo superaría la actual tasa de mortalidad de la pandemia, que es de siete personas por minuto.[5]

Los conflictos siguen siendo la principal causa del hambre desde que empezó la pandemia, empujando a casi 100 millones de personas en 23 países asolados por conflictos a una situación de crisis alimentaria o peor.[6] A pesar de los llamamientos para un alto el fuego mundial[7] que permitiese centrar la atención en combatir la pandemia, la mayoría de los conflictos no ha cesado.

Si bien los Gobiernos necesitan encontrar nuevas fuentes de financiación para luchar contra el coronavirus, el gasto militar mundial se incrementó en un 2,7 % el pasado año, un porcentaje equivalente a 51 000 millones de dólares[8] . Con esta cantidad, se habría podido financiar hasta seis veces y media el llamamiento de las Naciones Unidas para cubrir la lucha contra la inseguridad alimentaria en 2021, que asciende a 7900 millones de dólares. Las ventas de armas se han disparado en varios de los países más afectados por los conflictos y el hambre.[9] Malí, por ejemplo, ha incrementado sus compras de armas en un 669 % desde el inicio de la escalada de violencia en 2012.[10]

Una catastrófica espiral de hambre

Los niveles de hambre se han disparado desde el inicio de la pandemia. El número de personas que vive en condiciones cercanas a la hambruna se ha incrementado drásticamente, alcanzando las 521 814 personas en Etiopía, Madagascar, Sudán del Sur y Yemen. Se trata de un incremento de más del 500 % desde el inicio de la pandemia a finales de 2019, cuando 84 500 personas en Sudán del Sur y Yemen se encontraban en una situación similar a la de hambruna. La mayoría de los países que sufren estos catastróficos niveles de inseguridad alimentaria se han visto afectados por largos periodos de conflicto, violencia e inseguridad.

 

Las consecuencias económicas de la COVID-19, que han agravado la pobreza y puesto al descubierto la creciente desigualdad a nivel mundial, han sido el segundo factor causante de la crisis de inseguridad alimentaria mundial. Según las estimaciones, se prevé que el número de personas en situación de pobreza extrema llegue a los 745 millones a finales de 2021, lo cual supone un incremento de 100 millones de personas desde que comenzara la pandemia.[11] Los colectivos excluidos, especialmente las mujeres, las personas desplazadas y las personas que trabajan en el sector informal, han sido los principales afectados. Cerca de 2700 millones de personas no ha recibido ningún tipo de ayuda pública para hacer frente al desastre económico producido por la COVID-19.[12]

Mientras tanto, los ricos han seguido incrementando su fortuna durante la pandemia. La riqueza de las diez personas más ricas del mundo (de las cuales nueve son hombres) se incrementó en 413 000 millones de dólares el pasado año; esta cantidad bastaría para financiar hasta más de once veces la totalidad de las emergencias humanitarias de las Naciones Unidas para 2021.[13]

La crisis climática es el tercer gran factor que ha acelerado la grave situación de hambre en el mundo este año. Aproximadamente 400 catástrofes provocadas por fenómenos meteorológicos extremos,[14] entre ellos tormentas e inundaciones históricas, han seguido intensificándose y afectando a millones de personas en Centroamérica, el Sudeste asiático y el Cuerno de África, donde las comunidades ya estaban profundamente afectadas por los efectos de los conflictos y de la pobreza generada por la COVID-19.[15] 

Este informe analiza cómo los incesantes conflictos, las crisis económicas agravadas por la pandemia y la creciente crisis climática han arrastrado a millones de personas más a una situación de hambre extrema, y cómo es probable que esta cifra aumente si no se toman medidas urgentes.

Además, el informe examina algunas de las zonas críticas del hambre, incluyendo zonas emergentes, desde la publicación del informe El virus del hambre el año pasado, demostrando que la situación de inseguridad alimentaria se ha agravado en prácticamente todos ellos.

Tabla 1: Zonas críticas del hambre extrema[16]

 LUGAR

MILLONES DE PERSONAS EN SITUACIÓN DE CRISIS  ALIMENTARIA O PEOR EN 2019

% DE LA POBLACIÓN TOTAL ANALIZADA QUE PASA HAMBRE

MILLONES DE PERSONAS EN SITUACIÓN DE CRISIS ALIMENTARIA O PEOR EN 2020

% DE LA POBLACIÓN TOTAL ANALIZADA QUE PASA HAMBRE

INCREMENTO DEL HAMBRE

%

Yemen*

15,9

53 %

13,5

45 %

-15%

RDC

15,6

26%

21,8

33%

40%

Afganistán

11,3

37%

13,2

42%

17%

Venezuela

9,3

32%

No hay datos

NA

NA

Zonas sahelianas de África Occidental**[17]

9,0

5%

15,0

7%

67%

Etiopía

8,0

27%

8,6

16%

8%

Sudán del Sur*

7,0

61%

6,5

55%

-7%

Siria

6,6

36%

12,4

60%

88%

Sudán

5,9

14%

9,6

21%

63%

Haití

3,7

35%

4,1

40%

11%

Fuente: Informe Mundial sobre Crisis Alimentarias (Global Report on Food Crises) 2021. * Se estima que el número de personas que se encuentran en situación de crisis alimentaria o peor en Yemen y Sudán del Sur se ha incrementado significativamente durante la primera mitad de 2021 y, según las previsiones, en junio de 2021, 16,2 millones de personas en Yemen y 7,2 millones de personas se encontrarán en esa situación. * *Las zonas sahelianas de África Occidental engloban a Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria y Senegal.

Esta tabla recoge las diez principales zonas afectadas por el hambre en base al número de personas en situación de crisis de hambre o peor en cada país. Asimismo, refleja el porcentaje de población afectada y el incremento porcentual de esa población entre finales de 2019 y finales de 2020.

 

Las zonas críticas del hambre que se destacan en este informe son Afganistán, Yemen, las zonas sahelianas de África Occidental, Sudán del Sur y Venezuela[18]. En estos lugares, la crisis alimentaria ya se estaba agravando, y la combinación entre las consecuencias económicas de la pandemia, los conflictos y la crisis climática ha llevado a más de 48 millones[19] de personas a un nivel crítico de hambre en estos países (ver Tabla 1).

El hambre también se ha intensificado en nuevas zonas críticas como Brasil, la India y Sudáfrica, países que se han visto afectados por los mayores incrementos de las tasas de contagio de la COVID-19, en paralelo con el aumento del hambre.

Podemos acabar con el hambre. El primer paso es que las partes en conflicto construyan la paz. Los Gobiernos deben centrar sus recursos en financiar sus sistemas de protección social, así como programas que aborden las necesidades de las personas vulnerables y permitan salvar vidas de manera inmediata, en lugar de destinarlos a comprar armas, que perpetúan los conflictos y la violencia. La cantidad que se invierte en gasto militar en el mundo en tan solo un día y medio (8000 millones de dólares) bastaría para financiar la totalidad del llamamiento de emergencia de las Naciones Unidas para la seguridad alimentaria.[20]

Para poner fin a esta crisis de hambre, los Gobiernos también deben reconstruir la economía global de manera más justa y sostenible en el marco de la recuperación tras la pandemia. Asimismo, deben abordar los principales factores que provocan el hambre, y acabar con las desigualdades de fondo que amplían la brecha entre ricos y pobres. Esto requiere, entre otras medidas, ayudas para que las campesinas y campesinos puedan recuperarse, así como la creación de sistemas alimentarios más justos y sostenibles.

Para salvar vidas, ahora y en el futuro, los Gobiernos deben: (1) financiar la totalidad del llamamiento humanitario de las Naciones Unidas, y apoyar un fondo global de protección social, (2) garantizar el acceso humanitario a las zonas de conflicto, y dejar de utilizar el hambre como arma de guerra, (3) promover la paz a través de la participación y el liderazgo de las mujeres en la construcción de la paz, (4) construir sistemas alimentarios más justos, resilientes y sostenibles, (5) garantizar el liderazgo de las mujeres en la respuesta a la pandemia y la posterior recuperación, (6) apoyar una vacuna universal y (7) adoptar medidas urgentes para hacer frente a la crisis climática

UNA COMBINACIÓN LETAL QUE AGRAVA EL HAMBRE

Los tres principales factores causantes de la inseguridad alimentaria (los conflictos, las crisis económicas agravadas fundamentalmente por la COVID-19, y la crisis climática)[21] han asolado comunidades de todo el mundo. No obstante, los conflictos siguen siendo el principal causante del hambre por tercer año consecutivo, incluso durante la pandemia.[22]

Conflictos

Ante la pandemia global sin precedentes de COVID-19, las Naciones Unidas hicieron un llamamiento para instar a un alto el fuego mundial en marzo de 2020. Sin embargo, la mayoría de los conflictos ha continuado,[23] y son la principal causa de la situación de inseguridad alimentaria que sufren casi 100 millones de personas en 23 países, incluyendo los 22 millones de personas que pasaron a engrosar esta lista tan solo el año pasado.[24] Actualmente, se ha alcanzado una cifra récord de 48 millones de personas desplazadas internamente en todo el mundo a consecuencia de los conflictos y la violencia.[25] 

 

Afganistán, la República Democrática del Congo, Siria y Yemen son algunas de las zonas más afectadas por el hambre, además de ser países devastados por conflictos.[26]  Según un reciente análisis de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF), más de 350 000 personas de la región de Tigray, en Etiopía, se encontraban en una situación cercana a la hambruna entre mayo y junio de 2021; se trata de la cifra más elevada desde la registrada en Somalia en 2011, cuando 250 000 somalíes murieron de hambre. Se prevé que el 74 % de la población de Tigray y las zonas colindantes se encuentre en una situación de crisis alimentaria o incluso peor a principios de julio de 2021.[27]

La guerra en Yemen, que dura ya casi una década, ha despojado a la población de sus ahorros, y la mayoría carece de recursos para comprar comida. Los bloqueos y el conflicto han disparado los precios de los alimentos; en concreto, el precio de los alimentos básicos se ha incrementado en más de un 100 % desde 2016.[28] Según las previsiones, más de 16 millones de personas en Yemen se enfrentarán a una crisis de inseguridad alimentaria o incluso peor este año.[29]

Las mujeres y las niñas se ven desproporcionadamente afectadas por el hambre y los conflictos.[30] Además de que suelen tener que enfrentarse a mayores peligros para conseguir alimentos, normalmente son quienes menos comen, y las últimas en hacerlo. Asimismo, los conflictos y el desplazamiento de personas han obligado a las mujeres a abandonar sus empleos o a no poder trabajar en las épocas de siembra. Además, se ven enfrentadas a dilemas imposibles, como por ejemplo elegir entre ir al mercado y arriesgarse así a sufrir agresiones físicas o sexuales, o bien contemplar cómo sus familias pasan hambre.

En la mayoría de los países azotados por conflictos, es bien sabido que “la gente no se muere de hambre, sino que la están matando de hambre”.[31] Las partes en conflicto utilizan de forma intencionada el hambre como arma de guerra; en algunos casos, privan a la población civil de agua y alimentos,[32] obstaculizan la ayuda humanitaria, bombardean mercados, incendian las cosechas y matan al ganado.

A pesar de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha reconocido el vínculo entre hambre y conflicto en su Resolución 2417, el bloqueo de la ayuda humanitaria sigue siendo habitual en las zonas de conflicto de todo el mundo, donde se siguen sucediendo los ataques a la población civil, las cosechas, el ganado y el suministro de agua, generalmente con impunidad.  

El hambre se ha agravado en la República Centroafricana 

Housseina Tindombi, una agricultora de Bangassoui, en la República Centroafricana, se vio obligada a huir de su hogar en enero de 2021 a causa de los ataques en su pueblo. Cuando regresó a su barrio, tras un mes viviendo con su familia en un campamento precario, se encontró con que tanto su hogar como sus campos de cultivo habían sido saqueados. “Sentí un dolor inmenso. Nos alimentábamos casi exclusivamente con las verduras que cultivábamos, y ahora no sé cómo voy a alimentar a mi familia.”

Desde el comienzo de la pandemia, más de la mitad de la población del país (2,4 millones de personas) se ha visto afectada por una situación de inseguridad alimentaria y nutricional aguda. Esta cifra supone un incremento de más del 30 % con respecto al año anterior.[33]

La mayor parte de la población de la República Centroafricana depende de la agricultura para alimentar a su familia. La escalada de la violencia en los momentos previos a las elecciones presidenciales del pasado mes de diciembre provocaron que 340 000 personas se vieran obligadas a huir de sus hogares, entre ellas muchos agricultores y agricultoras que tuvieron que abandonar sus tierras o dejar pasar la época de siembra.[34] 

La carretera principal que comunica Bangui con Camerún, por la que entran aproximadamente el 80 % de los bienes importados del país, también tuvo que cerrarse debido a los ataques de grupos armados, lo cual generó alteraciones sin precedentes en los suministros alimentarios y la entrada de ayuda humanitaria. La escasez de insumos agrícolas también ha provocado una importante reducción de las cosechas y el ganado, lo cual ha resultado devastador para los ingresos de los agricultores y agricultoras.

Todo esto se ha traducido en que el precio de la canasta básica de alimentos se ha incrementado en un 11 % en promedio, llegando en algunas zonas a alcanzar el 40 %.[35] Tan solo el 13 % de la población del país tiene acceso a mercados con suministros suficientes y productos a precios asequibles.[36]

Consecuencias económicas de la COVID-19

Más de un año y medio después de que se declarase la pandemia de COVID-19, el deterioro de la economía provocado por los confinamientos y el cierre de las fronteras, negocios y mercados ha agravado la situación de las personas más desfavorecidas, y ha dado lugar a un incremento del hambre. La actividad económica se ha reducido en un 3,5 % a nivel mundial, y la pobreza ha aumentado en un 16 %.[37]

Un total de 33 millones de trabajadoras y trabajadores de todo el mundo perdieron su empleo en 2020. La pandemia ha generado un incremento masivo del desempleo, provocando pérdidas por valor de 3,7 billones de dólares en concepto de ingresos derivados del trabajo, una cifra equivalente al 4,4 % del PIB mundial de 2019. Las alteraciones económicas provocadas principalmente por la pandemia han llevado a más de 40 millones de personas de 17 países a pasar hambre, comparado a los 24 millones de personas que se encontraban en esta situación el año anterior.[38] Esto supone un incremento de casi el 70 % con respecto al año anterior,[39] y no incluye a los 3000 millones de personas que no podían permitirse llevar una dieta sana ya antes de la pandemia. Es muy probable que esta cifra se incremente este año.[40]

A nivel mundial, los precios de los alimentos han aumentado en casi un 40 % desde el año pasado,[41] el mayor incremento en más de una década.[42] Esto se debe al aumento de la demanda de biocombustibles, los confinamientos y los cierres de fronteras, que siguen provocando alteraciones en el suministro de bienes alimentarios.[43] La inflación de los precios de los alimentos hace que muchas personas no puedan permitirse pagarlos, incluso en aquellos lugares donde hay disponibilidad. Esto ocurre sobre todo en países como Yemen o Haití, que importan la mayor parte de los alimentos y no pueden ofrecer subvenciones o transferencias monetarias, ni poner en marcha mecanismos de control de precios que permitan mejorar el poder adquisitivo de su población.

El aumento de los precios no se ha traducido necesariamente en mayores beneficios para los productores y productoras de alimentos, especialmente en el caso de los pequeños campesinos y campesinas que no podían permitirse comprar semillas y fertilizantes, o el transporte de sus productos a los mercados. Debido a la falta de instalaciones de almacenamiento adecuadas o de acceso a los mercados, los campesinos y campesinas se han visto obligados bien a vender sus productos al precio que fuera, incluso con pérdidas, o bien a ver cómo se malograban sus cosechas. Así, el 88 % de los agricultores y agricultoras de Nigeria encuestadas el pasado mes de agosto declaró haber perdido la mitad de sus ingresos durante la pandemia.[44] Los jornaleros y jornaleras agrícolas también han perdido sus ingresos, ya que no han podido ir a trabajar las tierras.[45]

La pandemia también ha puesto al descubierto el mayor incremento de la desigualdad desde que hay registros. Mientras los campesinos y campesinas perdían sus ingresos, los beneficios de las diez mayores empresas de alimentación y bebidas se incrementaron en casi 10 000 millones de dólares entre 2019 y 2020. Con tan solo este incremento de los ingresos de estas empresas se habría podido financiar sobradamente la totalidad de la emergencia humanitaria para la seguridad alimentaria de 2021.[46]

Las mujeres sirias, las más afectadas por el hambre 

Siria fue uno de los países más afectados por el hambre el año pasado. Actualmente, tres de cada cinco personas (es decir, 12,4 millones de personas) se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda en Siria,[47] lo cual supone un incremento del 88 % con respecto al año pasado, uno de los mayores del mundo.[48] Los impactos económicos de la COVID-19, unidos a las consecuencias de diez años de conflicto, han dado lugar a una drástica devaluación de la moneda local y a un incremento del 313 % del precio medio de la canasta básica de alimentos en tan solo doce meses.[49] El conflicto también ha afectado a las infraestructuras agrícolas básicas del país, lo cual ha repercutido de forma muy negativa en los ingresos de los campesinos y campesinas y en la producción de alimentos.

Las mujeres y niñas sirias son las principales afectadas por esta crisis de hambre. La guerra ha hecho que un creciente número de mujeres se conviertan en el principal sustento de sus familias; en la mayoría de los casos, era la primera vez que tenían que trabajar y carecían de cualificación suficiente para optar a empleos con condiciones dignas y salarios justos. Sus escasos ingresos apenas permiten cubrir los gastos de sus familias. Según un estudio realizado por Oxfam, las familias encabezadas por mujeres estaban entre las más afectadas por el hambre: han registrado una considerable reducción de su consumo de alimentos y se han visto obligadas a saltarse comidas.[50] Algunas familias han tenido que recurrir al matrimonio infantil para hacer frente a esta situación y poder sobrevivir.

“Hemos estado atrapados en nuestro pueblo durante casi tres años. Perdimos nuestras cosechas y todos nuestros ahorros, y tuvimos que vender el ganado para sobrevivir. ¿Cómo te sentirías si el único alimento que puedes ofrecer a tus hijos es un plato de hierbas cocidas? Irme a la cama con el estómago vacío ya es normal para mí,” cuenta Lena, de 32 años y madre de tres hijos, en el sur de Siria.

Como Lena, muchas otras mujeres tampoco han podido conseguir alimentos para sus familias. En Alepo, la ciudad más grande de Siria, las mujeres han perdido sus empleos en el sector agrícola, de manera que han tenido que aceptar cualquier oferta que les permita obtener ingresos. Algunas mujeres también han perdido su trabajo a causa de los recortes derivados de la COVID-19.

Para luchar contra el hambre, Oxfam ha apoyado a más de 120 000 personas desde el inicio de la pandemia, por ejemplo, a través del suministro de semillas y herramientas a los campesinos y campesinas, la rehabilitación de las redes de riego, y las transferencias monetarias a las personas en mayor situación de vulnerabilidad, para permitirles acceder a alimentos y satisfacer sus necesidades básicas.

Además, las personas en mayor situación de vulnerabilidad han sido las más afectadas por la pandemia: las mujeres, las personas en empleos informales, las personas en situación de pobreza y las que viven en asentamientos informales. La pérdida de empleos de las mujeres a nivel mundial fue del 5 %, frente al 3,9 % en el caso de los hombres. Esto supuso para las mujeres un coste de 800 000 millones de dólares en concepto de pérdida de ingresos en 2020. Se prevé que otros 47 millones de mujeres en todo el mundo se vean arrastradas a una situación de pobreza extrema en 2021.[51]

Una de las principales lecciones que nos ha dejado la pandemia es que los programas de protección social, como la asistencia en efectivo o alimentaria, dirigidos a quienes los necesitan, son una herramienta fundamental para combatir el hambre. Sin embargo, el año pasado más de 4000 millones de personas de todo el mundo, más de la mitad de la población, carecían de cualquier tipo de protección social.[52]

La desigualdad en la vacunación agrava el hambre

La desigualdad en la distribución y en el acceso a las vacunas de COVID-19 (provocada en gran medida por los monopolios de las empresas farmacéuticas y la inacción de los países ricos) ralentizará cualquier intento de recuperación económica, y dificultará que millones de personas de todo el mundo puedan escapar del hambre y la pobreza. La Cámara de Comercio Internacional estima que el actual nivel de desigualdad en la vacunación podría suponer un coste de 9,2 billones de dólares a nivel mundial en concepto de pérdidas económicas. Algunas de las nuevas zonas críticas del hambre, como India, podrían sufrir pérdidas de hasta 786 000 millones de dólares, lo cual equivale a más del 27 % de su PIB.[53]

Los países ricos, como Estados Unidos, han conseguido reducir el hambre a medida que el ritmo de vacunación ha ido avanzando;[54] mientras tanto, la pandemia sigue destrozando la vida y los medios de vida de millones de personas en los países pobres. Oxfam ha calculado que, al ritmo de vacunación actual, los países de renta baja tardarán 57 años en vacunar a toda su población.[55] El virus amenaza con llevar a una situación de desnutrición a 132 millones de personas más, debido a la pérdida de empleos, la interrupción de los ingresos y la mala salud.[56] Además, las personas que sufren hambre y desnutrición corren un mayor riesgo de contraer enfermedades, entre ellas la COVID-19.[57]

La Organización Mundial de la Salud ha calculado que se necesitan 11 000 millones de dosis para vacunar a un 70 % de la población mundial, el nivel necesario para influir significativamente en la tasa de contagios. Si los países ricos no liberan la receta de las vacunas, el virus seguirá expandiéndose en países que carecen de recursos suficientes para combatirlo, poniendo en riesgo millones de vidas y llevando a una situación límite a millones de personas más. La solución pasa por que los Gobiernos acuerden de forma urgente una suspensión temporal de las leyes de propiedad intelectual que blindan las tecnologías sanitarias necesarias para combatir la COVID-19, de modo que todos los fabricantes cualificados puedan incrementar la producción de vacunas.

 

 

Crisis climática

El año pasado, los daños provocados por fenómenos meteorológicos extremos agravados por el cambio climático alcanzaron la cifra récord de 50 000 millones de dólares, incluyendo 6000 millones de dólares tan solo en Honduras.[58] Estas pérdidas son el principal factor que ha llevado a casi 16 millones de personas en 15 países a una situación de inseguridad alimentaria crítica.[59] A pesar de ello, los Gobiernos han retrasado la adopción de medidas para luchar contra la crisis climática, centrándose principalmente en combatir la pandemia.

El calentamiento global está incrementando la frecuencia e intensidad de catástrofes meteorológicas como tormentas, inundaciones y sequías. Los últimos siete años han sido los más cálidos desde que hay registros, especialmente 2020.[60] Los desastres provocados por el cambio climático han ido aumentando cada año, y la frecuencia de este tipo de catástrofes se ha multiplicado por más de tres desde 1980; actualmente se registra un fenómeno meteorológico extremo por semana.[61]

El 63 % de los impactos de estas crisis climáticas han afectado a la agricultura y la producción de alimentos;[62] los países vulnerables y las comunidades en situación de pobreza, que apenas son responsables del cambio climático, son los principales afectados. Por ejemplo, en algunas zonas de la parte oriental de la India afectadas por el ciclón Amphan el año pasado, los campesinos y campesinas perdieron sus cosechas y las personas que se dedicaban a la pesca sus barcos y, con ellos, su principal fuente de ingresos.[63]

Del mismo modo, la mayor intensidad y frecuencia de los ciclones en África Oriental el año pasado contribuyeron a que las plagas de langostas del desierto alcanzasen un nivel sin precedentes, lo cual ha dado lugar a una grave alteración de las cadenas de suministro de alimentos, y ha reducido la disponibilidad y asequibilidad de los alimentos para millones de personas en el Cuerno de África y Yemen.[64] 

La frecuencia e intensidad de las catástrofes provocadas por el clima reducirá la capacidad de las personas que ya se encuentran en situación de pobreza para resistir ante las crisis. Cada catástrofe hunde aún más a estas personas en una espiral de pobreza y hambre.

La crisis climática y la COVID-19 agravan el hambre en el Corredor Seco de Centroamérica[65]

Desde el inicio de la pandemia, las continuas sequías, que se han sumado a los impactos económicos del virus, han intensificado el hambre en el Corredor Seco centroamericano, una zona geográfica en la que se encuentran Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.[66] En 2021, casi 8 millones de personas de esos países se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda, lo cual supone un incremento de 2,2 millones de personas respecto a 2018.[67] Cerca de 1,7 millones de ellas se enfrentan a niveles de hambre críticos.[68]

La región también se ha visto afectada por la temporada de huracanes en el Atlántico, que ha alcanzado un nivel sin precedentes, con 30 temporales en 2020, frente a los 18 que se produjeron en 2019.[69] Por ejemplo, los temporales Amanda y Cristóbal, junto a los huracanes Eta e Iota, han destrozado las cosechas y asolado más de 200 000 hectáreas de cultivos de alimentos básicos y cultivos comerciales en los cuatro países, incluidas más de 10 000 hectáreas de terrenos dedicados a la producción de café en Nicaragua y Honduras.[70] 

Asimismo, los confinamientos han limitado el comercio informal y las actividades agrícolas, lo cual ha repercutido gravemente en el nivel de ingresos en Guatemala, El Salvador y Honduras.[71] Según las estimaciones, en 2020, durante la pandemia se destruyeron 8,3 millones de empleos en Centroamérica.[72] 

 

 

ZONAS CRÍTICAS DEL HAMBRE

Yemen

"Cuando nos dijeron que ya no habría más ayuda humanitaria fue una noticia catastrófica para nosotros. Mi marido es demasiado viejo para trabajar, y yo estoy enferma. No nos ha quedado más remedio que enviar a nuestros hijos a pedir comida y a traer sobras de restaurantes. Pero incluso la comida que conseguían traer no era suficiente.’’ Bahjah, madre yemení con ocho hijos, desplazada por la guerra al distrito de Hajjah.

Yemen se enfrenta a la segunda peor crisis alimentaria del mundo, tras la República Democrática del Congo. Desde que comenzara la pandemia, más de 16 500 personas viven en condiciones cercanas a la hambruna[73], y se estima que esta cifra se triplique hasta llegar a 47 000 personas en junio de 2021.[74]

El conflicto en el país, que comenzó hace seis años, continúa a pesar de la pandemia, llevando a 13,5 millones de personas a una situación de hambre aguda a finales de 2020; se prevé que esta cifra aumente en cerca de tres millones de personas más en junio de 2021.[75] Cerca del 70 % de la población (en torno a 21 millones de personas) necesita asistencia humanitaria de manera urgente. 

Las mujeres, las niñas y los niños son las personas más perjudicadas. Los niveles de malnutrición no tienen precedentes en Yemen, donde más de un millón de mujeres embarazadas y madres lactantes y 2,3 millones de niñas y niños menores de 5 años experimentan malnutrición aguda.[76] De estas niñas y niños, 400 000 corren el peligro de morir de malnutrición,[77] y más del 86 % padece anemia.[78]

A pesar del llamamiento de las Naciones Unidas para lograr un alto el fuego mundial, el conflicto se ha recrudecido.[79] Una de cada ocho personas en Yemen (es decir, más de cuatro millones de personas) se han visto obligadas a huir de sus hogares, incluidas 172 000 que fueron desplazadas el año pasado. [80] Los combates han diezmado cultivos y ganado y han destruido los medios de vida de la mitad de la población, lo que ha provocado que el 67 % de las personas desplazadas se encuentren en situación de inseguridad alimentaria.[81]

La prolongación del conflicto y las continuas restricciones a la importación de combustible han provocado una crisis de carburante. La falta de combustible para los generadores de energía ha retrasado la distribución de agua y alimentos en camiones cisterna en los campamentos de personas refugiadas, y ha ralentizado la provisión de servicios de salud.[82] El aumento del precio del combustible ha provocado una subida del coste de transportar alimentos, lo que a su vez ha desembocado en un incremento del 26 % del precio de los alimentos desde marzo de 2020.[83] El precio de productos alimentarios básicos, como el trigo o la harina, se ha disparado un 40 % en comparación con el mismo período del año pasado, y el precio del arroz ha subido un 167 % desde 2016.[84]

Agricultores y agricultoras del país han informado a Oxfam de que ya no pueden permitirse el combustible necesario para bombear agua para sus cultivos, mientras que las personas que se dedican a la pesca han afirmado que no pueden pagar el carburante para sus embarcaciones. “A veces, todo lo que pescamos se va en pagar el combustible. Utilizamos remos para ahorrar, pero no podemos alejarnos hasta la zona donde están los peces más grandes,” afirma Zaid, un pescador de 35 años de Al Thuhayta Hodeidah.

La crisis climática ha empeorado la situación, ya que las tardías y débiles lluvias han puesto las cosas más difíciles a las agricultoras y agricultores, que ya tenían dificultades para hacer frente al aumento de los precios del combustible y de los pesticidas.[85] En 2020, 300 000 personas se vieron afectadas por inundaciones, la mayoría personas desplazadas que ya carecían de ingresos y de un sitio para vivir, mientras que las plagas de langostas provocaron daños en los cultivos valorados en 222 millones de dólares.[86]

La cada vez más escasa financiación para la ayuda ha limitado la respuesta de las organizaciones humanitarias, lo que ha empeorado la crisis alimentaria. El año pasado solo se movilizaron 1900 millones de dólares para la respuesta humanitaria, la mitad de los 3380 millones de dólares necesarios. Este año, el llamamiento de las Naciones Unidas para la respuesta humanitaria en Yemen no ha recibido ni la mitad de los fondos solicitados.[87] Como resultado, cinco millones de personas dejaron de recibir asistencia alimentaria en mayo de 2021.[88]

Desde abril de 2020, Oxfam ha apoyado a más de 150 000 personas en nueve distritos con transferencias de efectivo inmediatas y subvenciones para garantizar los medios de vida. Oxfam también ha proporcionado formaciones a hogares encabezados por mujeres para que puedan desarrollar sus habilidades y ganarse la vida con pequeños y medianos negocios.

 

Afganistán

“Conozco a muchas personas aquí que afirman que ‘preferimos morir de coronavirus antes que de hambre y pobreza’.’’- Mujer afgana en Guzara (Herat).

Tras un año de COVID-19, el hambre extrema ha aumentado en un 17 % en Afganistán. En la actualidad, 13,2 millones de personas en el país (el 42 % de la población) se encuentran en situación de hambre aguda, lo que convierte a Afganistán en el tercer país del mundo con mayor inseguridad alimentaria, justo detrás de Yemen. Hay dos millones de personas más que pasan hambre desde el año pasado,[89] y el número de personas que necesitan asistencia humanitaria se ha multiplicado por seis en cuatro años.[90]

Afganistán es el ejemplo más claro de un país golpeado a la vez por la COVID-19, el conflicto y el cambio climático. La segunda ola de la pandemia, cuyo impacto se vio agravado por el recrudecimiento de la violencia tras la retirada de las tropas estadounidenses, provocó el cierre masivo de negocios, empleo informal, desplazamientos masivos y una fuerte caída de las remesas.

En medio de esta situación, la sequía (intensificada por el fenómeno meteorológico de La Niña) ha continuado durante el invierno y la primavera, devastando cultivos y haciendo que la comida sea más escasa que en años promedio.[91]

La COVID-19, el conflicto y el cambio climático han provocado un aumento de los precios, en concreto incrementando el precio de los productos alimentarios básicos en un 20 %.[92] Como resultado, el poder de compra de las personas ha caído en un 20 %, sobre todo debido a que los jornaleros y las personas que se dedican al pastoreo han perdido sus ingresos durante la pandemia. La disminución de las remesas ha arrastrado a las personas a un nivel de endeudamiento abrumador. Los datos de la evaluación de 2020 Whole of Afghanistan Assessment mostraron que la razón principal por la que las personas se estaban endeudando era para poder comprar comida (el 53 %).[93]

Para frenar el aumento de los niveles de hambre, el Gobierno afgano ha puesto en marcha un proyecto llamado Dastarkhwan-e-Meli, pero los paquetes de alimentos que se distribuyen contienen escasos alimentos (50 kg de harina, 5 kg de aceite y 5k de legumbres), por lo que apenas cubren la mitad de las necesidades básicas de una familia.  

Para un país que depende tanto de la ayuda internacional, que esta mengüe (solo se ha movilizado el 24 % de los 123,5 millones de dólares necesarios para financiar los esfuerzos humanitarios) limitará estas iniciativas gubernamentales.[94]

Desde marzo de 2020, Oxfam ha asistido a cerca de 100 000 de las personas más vulnerables en las provincias de Herat, Diakundi, y Nangahar con programas de transferencias de efectivo para que puedan comprar productos básicos y alimentos. A su vez, a fin de evitar la propagación de la COVID-19, Oxfam ha proporcionado kits de higiene, instalado puntos para el lavado de manos y organizado campañas de sensibilización sobre la salud.

Sudán del Sur

“Nuestra casa se inundó, y nos robaron nuestras cabras porque tuvimos que huir a Pibor. Nos marchamos [de Verteth] solo con la ropa que llevábamos puesta.” - Ngachibaba, contando una situación por la que han pasado cientos de familias.

En Sudán del Sur, el país más joven del mundo, el nivel de hambre ha alcanzado su máximo desde que se declarara su independencia en 2011.[95] El país se enfrenta a una de las mayores crisis alimentarias del mundo, con el 82 % de su población en situación de pobreza extrema y el 60 % (7,2 millones de personas) haciendo frente a una inseguridad alimentaria crítica.[96] En tres estados del país, 108 000 personas viven en unas condiciones cercanas a la hambruna.[97]

La crisis alimentaria afecta desproporcionadamente a las mujeres, las niñas y los niños, y un tercio de las mujeres en edad reproductiva tiene anemia. [98]  

Se ha movilizado menos del 20 % de los 1680 millones de dólares del llamamiento humanitario de las Naciones Unidas para Sudán del Sur, por lo que es probable que la situación empeore para millones de personas.[99]

A pesar del acuerdo de paz alcanzado, sigue habiendo focos de conflicto armado y casos de violencia entre comunidades. La escalada de violencia entre grupos armados ha obligado a cerca de 2,3 millones de personas en el país a huir a países vecinos, y ha desplazado internamente a 1,9 millones,[100] la mayoría mujeres, niñas y niños.[101] Los medios de vida, incluidas la agricultura y otros tipos de actividades económicas que constituyen la fuente de alimentos e ingresos para las comunidades, se han visto interrumpidos en las zonas donde hay conflicto.

La pandemia de COVID-19 ha interrumpido el flujo de productos, ya que los confinamientos forzosos han provocado desempleo, sobre todo en el sector informal, en el que las mujeres son mayoría. Desprovistos de sus ingresos, numerosos hogares en situación de pobreza han tenido que eliminar el resto de gastos para poder comprar comida. A su vez, las inusuales inundaciones de 2020 afectaron a cerca de 856 000 personas,[102] provocando desplazamientos y la pérdida de cosechas. La prolongación de unas lluvias especialmente intensas podrán en peligro futuras actividades agrícolas.

Oxfam está proporcionando asistencia humanitaria en Sudán del Sur para abordar la situación de inseguridad alimentaria que vive el país, con la intención de apoyar a 102 000 personas en los focos de hambre de Akobo y Pibor a través de un programa de ayuda multisectorial de agua, saneamiento, higiene, seguridad alimentaria, protección y justicia de género.

Zonas sahelianas de África Occidental

En la región del Sahel de África Occidental (que comprende Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria y Senegal) se ha producido un incremento del 67 % del índice de hambre,[103] en lo que constituye una de las crisis alimentarias de más rápida evolución del mundo.[104] Los países más asolados por los conflictos, como Burkina Faso y la región norte de Nigeria, son los más gravemente afectados por el hambre; en Burkina Faso, el nivel de hambre ha aumentado en un 213 % respecto al año anterior.

Desde la publicación del último informe de Oxfam sobre el virus del hambre en julio de 2020, el número de personas a los que afecta esta crisis alimentaria ha sobrepasado los 15 millones,[105] y se espera que esta cifra llegue a los 22 millones durante el próximo periodo de escasez de alimentos. Las mujeres, las niñas y los niños son quienes se llevan la peor parte, incluidos 1,6 millones de niños y niñas en la región que presentan un nivel de malnutrición agudo.[106]

El conflicto armado continúa, y sigue siendo la principal causa de los desplazamientos y el hambre en la región. La escalada de violencia, sobre todo en la zona centro del Sahel y la Cuenca del Lago Chad[107], ha obligado a 5,3 millones de personas a huir de sus hogares, perdiendo todo lo que tenían.[108] Muchas de estas personas están siendo acogidas en comunidades que ya tenían dificultades para alimentarse a sí mismas. La inseguridad también ha provocado que las personas que se dedican a la agricultura y la ganadería no puedan acceder a sus tierras.

A pesar de la necesidad de movilizar recursos para abordar la crisis alimentaria, el gasto militar ha absorbido los presupuestos en la zona. Las importaciones de armas en Burkina Faso y Malí aumentaron en un 83 % y un 669 % respectivamente en 2016-2020 comparado al periodo 2011-2015.[109]

La crisis climática no hace sino exacerbar esta situación, ya que los impredecibles fenómenos meteorológicos extremos se han vuelto más frecuentes y destructivos. El número de inundaciones se ha disparado un 180 % desde 2015, devastando las casas, los cultivos y el ganado de 1,7 millones de personas tan solo el año pasado.[110] 

La crisis climática, sumada al conflicto existente y las consecuencias de la pandemia, ha provocado un máximo en el precio de los alimentos en África Occidental de los últimos cinco años, lo que ha deteriorado las condiciones en las que vive la población.[111]  

Desde que comenzara la pandemia, Oxfam ha apoyado a más de 700 000 personas en situación de vulnerabilidad en la región. En colaboración con sus organizaciones socias, Oxfam ha ayudado a que más de 60 000 personas en Chad puedan cubrir sus necesidades alimentarias más inmediatas y tengan una fuente segura de ingresos, y ha ayudado a más de 280 000 personas en Níger y Senegal a afrontar los impactos económicos de la COVID-19 a través de asistencia alimentaria, transferencias de efectivo, agua apta para el consumo, saneamiento y kits de higiene.

Venezuela

“Me preocupan las restricciones a las iniciativas de apoyo de las organizaciones de la sociedad civil para responder ante la inseguridad alimentaria.” Director de UNIANDES, organización socia de Oxfam

 

Incluso antes de la llegada de la pandemia, la compleja crisis humanitaria en Venezuela ya había afectado a casi toda la población del país, ya que se estima que el 94 % de la población no podía permitirse comprar alimentos suficientes.[112] En 2019, 9,3 millones de personas en Venezuela (cerca de un tercio de su población) se enfrentaba a un nivel de hambre entre moderado y agudo, en lo que constituía la cuarta crisis alimentaria más grave del mundo.[113]

Codhez, organización socia local de Oxfam, llevó a cabo una encuesta en los estados de Lara, Zulia y Tachira, en la que se reveló que entre el 50 % y el 80 % de la población tuvo que recurrir a mecanismos para sobrevivir extremadamente negativos para afrontar la escasez de alimentos, como saltarse comidas, reducir el tamaño de las porciones y la diversidad de alimentos, enviar a los niños y niñas a pedir ayuda o vender bienes personales para poder comprar alimentos.[114]

El cierre de las escuelas ha exacerbado los niveles de hambre, ya que constituían la principal fuente de comida para los niños y niñas. Otros cierres y restricciones han afectado a la actividad agrícola, por lo que la producción y el acceso a los mercados se han visto reducidos.

Las difíciles condiciones económicas y la galopante inflación han agravado la crisis alimentaria. La hiperinflación y la devaluación de la divisa local han provocado que muchas personas en el país no puedan comprar alimentos suficientes para alimentar a sus familias. En abril de 2021, con el salario mínimo mensual no era posible cubrir si quiera el 1 % de la canasta básica de alimentos para una familia de cinco personas.[115] Para poder alimentar a su familia, una persona tendría que haber ganado entonces 547 veces el salario mínimo.[116] En mayo de 2021, el Gobierno de Venezuela anunció un aumento del salario mínimo de cerca del 300 %, lo que sigue siendo insuficiente para comprar un kilo de carne.[117]

Oxfam trabaja con organizaciones locales para proporcionar asistencia alimentaria a 4000 personas en situación de vulnerabilidad, incluido a través del apoyo a ONG locales que organizan comedores comunitarios para proporcionar comidas preparadas a familias en situación de gran vulnerabilidad.

 

ZONAS CRÍTICAS EMERGENTES

Brasil

“Mi hija nació muy prematuramente, y desde entonces vivo en la ruina económica, porque no tenemos trabajo. Nada más darle el alta del hospital le recetaron una leche de fórmula muy cara.” – Mujeres de 25 años del Distrito Federal (Brasil)

La población de Brasil no se ha librado del aumento del hambre que se está produciendo en el resto del mundo. Desde el comienzo de la pandemia, Brasil se ha convertido en el tercer país del mundo con mayor número de muertes por COVID-19, y el porcentaje de su población que vive en la pobreza extrema casi se ha triplicado, pasando del 4,5 % al 12,8 %.[118] A finales de 2020, más de la mitad de la población (116 millones de personas) se enfrentaban a algún grado de inseguridad alimentaria, incluidos 20 millones de personas que pasaban hambre.[119] Esto supone una tendencia al alza respecto a los años anteriores.

No obstante, el hambre no ha afectado a todas las personas por igual. El año pasado, el hambre golpeó especialmente a grupos desfavorecidos, como las personas negras, las mujeres, la población rural y los pueblos indígenas. A finales de 2020, el 11 % de los hogares encabezados por mujeres padecía hambre, y más del 10 % de los hogares de familias negras se encontraban en esta misma situación, comparado al 7 % de los hogares de familias blancas. Asimismo, el 12% de los hogares en zonas rurales padecían hambre, frente al 8 % de los hogares urbanos.[120]

Las familias de clase media brasileñas también se han visto afectadas; el porcentaje de personas que se enfrentan a algún grado de inseguridad alimentaria casi se duplicó entre 2018 y 2020, pasando de más del 20 % a cerca del 35 %.

La pandemia ha provocado un colapso económico y social, lo que ha acentuado la crisis alimentaria. Las medidas aplicadas para frenar la propagación del virus han forzado el cierre de negocios, dejando desempleada a más de la mitad de la población brasileña en edad de trabajar, incluidos más de 15 millones de personas que se encontraban sin trabajo al final del primer trimestre de 2021.[121] Numerosas pequeñas y medianas empresas se han arruinado, y representan el 40 % de todos los negocios que tuvieron que cerrar en julio de 2020.[122]

Para ayudar a la población a afrontar la situación, el Gobierno proporcionó ayuda de emergencia, incluidas transferencias de efectivo a 68 millones de personas durante la segunda mitad de 2020, pero esta línea de apoyo se vio interrumpida, lo que dejó a millones de personas sin ningún tipo de ingresos para sobrevivir. La nueva ayuda de emergencia aprobada en abril no llegará ni siquiera a la mitad de estas personas. Esto provocará que un mayor número de personas se vean arrastradas a la pobreza extrema y al hambre.

En 2020, Oxfam Brasil respondió a la crisis alimentaria proporcionando cupones de comida a personas jóvenes y sus familias en Recife, São Paulo, Río de Janeiro y Brasilia. Desde marzo de este año, en colaboración con la Coalición Negra por los Derechos, Oxfam Brasil participa en la campaña Tem gente com fome (hay personas que pasan hambre) con el objetivo de ayudar a 223 000 familias en el país.


India

“Cuando la COVID-19 llegó a nuestra zona en marzo de este año, me quedé sin trabajo y sin dinero de la noche a la mañana. El confinamiento y otras restricciones me impidieron continuar con mi negocio de costura o hacer trabajos ocasionales, por lo que nos quedamos sin ningún tipo de ingresos en mi casa.” - Mohammed Iliyas.

Millones de personas en India se enfrentan a una grave escasez de alimentos. En 2020, cerca de 190 millones de personas sufrían desnutrición, y más de un tercio de los niños y niñas menores de 5 años presentaban retraso del crecimiento.[123] Ese mismo año, el consumo de alimentos básicos esenciales, como las lentejas, cayó un 64 %, y el de verduras frescas un 73 %.[124] Más del 70 % de las personas afirmaron haber tenido que reducir la cantidad de alimentos que consumen en comparación con los niveles anteriores a la pandemia.[125]

La combinación de unos ingresos mermados, una deficiente aplicación de los programas de protección social y el cierre de las escuelas ha agravado el hambre en el país. Una encuesta realizada a 47 000 hogares en 15 estados reveló que, desde que comenzara la pandemia, las familias promedio han perdido más del 60 % de sus ingresos debido a la pérdida masiva de empleos, sobre todo en el sector informal.[126] Solo en abril de 2021 se perdieron ocho millones de puestos de trabajo.[127]

A su vez, el sistema de protección social está fallando a las personas que más lo necesitan. El Gobierno utiliza el censo de 2011, que está desactualizado, para identificar a las personas beneficiarias de su sistema público de distribución de alimentos. Como resultado, cien millones de personas que tenían derecho a recibir raciones de comida quedaron excluidos de esta ayuda tan necesaria.[128] Se calcula que solo el 57 % de las personas con derecho a esta ayuda está cubierto por dicho sistema.[129]

El cierre de las escuelas ha sido otro de los factores clave en la crisis alimentaria, ya que cerca de 120 millones de niños y niñas en el país que dependían de los almuerzos proporcionados en las escuelas dejaron de recibir alimentos. Con las escuelas cerradas y varios de los programas de alimentación paralizados, un gran número de niñas y los niños se han quedado sin una importante fuente de alimentos nutritivos.[130]   

En 2020, Oxfam India apoyó a 423 800 personas en 92 distritos de 16 estados a través de un programa de distribución de paquetes de alimentos sin cocinar y comidas preparadas. Con la llegada de la segunda ola de la pandemia al país, Oxfam ha extendido su distribución de alimentos a Delhi y Maharashtra, y está haciendo campaña para garantizar que las comunidades empobrecidas y marginadas en India tengan acceso a los programas de ayuda del Gobierno y a otras prestaciones.

Sudáfrica

 

El desempleo se está disparando, y los efectos de la COVID-19 impiden que las personas puedan encontrar trabajos informales… el hambre es una realidad en esta ciudad.” - Zameka Chibi.

A pesar de haber formado parte de la lista de países con seguridad alimentaria,[131] el nivel de hambre en Sudáfrica no ha hecho sino crecer. A finales de 2020, más de 24 millones de personas vivían en situación de inseguridad alimentaria acentuada o peor,[132] comparado a los 13,7 millones de personas que carecían de acceso a alimentos suficientes antes de la pandemia.[133]

Durante el primero confinamiento nacional entre mayo y agosto de 2020, hasta el 23 % de la población pasaba hambre.[134] En el tercer trimestre de 2020, el 14 % de la población sudafricana ya se encontraba en situación de crisis alimentaria, incluido el 2 % en situación de emergencia alimentaria.[135]

La pandemia y las medidas de confinamiento para abordarla provocaron una enorme pérdida de empleos e ingresos, dejando a millones de personas en Sudáfrica sin los recursos suficientes para comprar alimentos. A finales de 2020, cerca de la mitad de los hogares en el país pasaban hambre al no poder comprar alimentos suficientes.[136]

La crisis alimentaria provocada por la pandemia ha afectado especialmente a las niñas y los niños, ya que muchos se encontraban ya en una situación de vulnerabilidad debido a la falta de una alimentación adecuada. Antes de la pandemia, uno de cada cuatro niños y niñas en Sudáfrica menores de 5 años presentaba retraso del crecimiento debido a la malnutrición.[137] Se calcula que al menos 400 000 niños y niñas de este grupo de edad no han tenido acceso a alimentos como consecuencia de la pandemia.[138] El cierre de las escuelas también ha supuesto la supresión de un programa nacional de alimentación para nueve millones de niños y niñas.[139]

La crisis climática también ha afectado a la disponibilidad de alimentos, ya que las sequías en algunas zonas de las provincias de KwaZulu Natal y Cabo Oriental han mermado la producción de alimentos y la cría de ganado.

Oxfam Sudáfrica y sus organizaciones socias han respondido a la crisis alimentaria provocada por la COVID-19 a través de comedores sociales en las provincias de Cabo Oriental y Cabo Occidental, movilizando provisiones de comida para personas sin hogar en la ciudad de Johannesburgo y ampliando el programa de distribución de alimentos a Cabo Occidental. 

 

 

 

URGE TOMAR MEDIDAS

No se podrá acabar con el hambre si no se toman medidas drásticas de manera colectiva para acabar con las injusticias subyacentes que la provocan. A medida que los Gobiernos avancen en la reconstrucción tras la pandemia de COVID-19, será necesario adoptar siete medidas urgentes para poner freno a la cada vez mayor crisis alimentaria y construir sistemas alimentarios más justos y resilientes al servicio de todas las personas:

  1. Proporcionar ayuda de emergencia que permita salvar vidas de manera inmediata: los Gobiernos donantes deben financiar íntegramente el llamamiento de las Naciones Unidas para lograr la seguridad alimentaria global, y garantizar que llegue de manera directa a las personas más afectadas. Los Gobiernos deben también aumentar la cobertura de la protección social, incluido a través de la financiación de un fondo mundial de protección social,[140] así como apoyar a las familias agricultoras y ganaderas para que puedan reabastecerse y prepararse de cara a la próxima temporada de siembra.

 

  1. Garantizar que la ayuda humanitaria llegue a las personas: las partes en conflicto deben facilitar con efecto inmediato el acceso de la asistencia humanitaria para evitar que la población civil se muera de hambre. En caso de que se bloquee la llegada de la ayuda, la comunidad internacional deberá tomar medidas para evitar que se utilice el hambre como arma de guerra y hacer que los perpetradores del bloqueo rindan cuentas.

 

  1. Forjar una paz inclusiva y duradera: las partes en conflicto deben forjar una paz inclusiva y duradera que anteponga la seguridad de las personas y aborde la urgente crisis alimentaria en los países afectados por conflictos. Los líderes deben cumplir con su compromiso de incluir a los grupos marginados en los procesos de paz, incluidos la juventud, las mujeres y las minorías. Está comprobado que los altos el fuego son más duraderos y efectivos cuando las mujeres participan de manera activa en las negociaciones.[141]

 

  1. Construir sistemas alimentarios más justos, resilientes y sostenibles: Los Gobiernos deben comprometerse a tomar decisiones más ambiciosas durante la próxima reunión del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de las Naciones Unidas que se celebrará en octubre, con el objetivo de coordinar medidas para que la construcción de unos sistemas alimentarios más justos, resilientes, sostenibles e igualitarios desde el punto de vista de género sea un elemento central de la agenda de recuperación tras la pandemia. Los Gobiernos y el sector privado deben aumentar su inversión en la producción agroecológica y la producción de alimentos a pequeña escala, así como garantizar que las pequeñas productoras y productores reciban unos ingresos mínimos, por ejemplo, fijando precios mínimos garantizados para ellos, y garantizando que los trabajadores y trabajadoras agrícolas reciban salarios dignos.

 

  1. Promover el liderazgo de las mujeres en las soluciones contra la COVID-19: Las mujeres deben tener la oportunidad de tomar decisiones sobre la respuesta ante la pandemia y la recuperación posterior, incluido cómo abordar nuestros defectuosos sistemas alimentarios. Asimismo, es necesario tomar medidas para abordar la discriminación a la que se enfrentan las mujeres productoras de alimentos a la hora de tener acceso a la tierra, los mercados, la información, el crédito, los servicios de extensión y la tecnología, entre otros.

 

  1. Apoyar una vacuna universal (People’s vaccine): para ayudar a prevenir que nuevas cepas del virus pongan en peligro la salud y la economía mundial, los Gobiernos del G7 deben poner fin al monopolio farmacéutico sobre las vacunas contra la COVID-19 a fin de que los países en desarrollo puedan vacunar a su población y evitar que millones de personas más se vean sumidas en la pobreza extrema.

 

  1. Adoptar medidas urgentes para hacer frente a la crisis climática: de cara a la Cumbre del Clima que se celebrará en diciembre, los países ricos más contaminantes deben recortar drásticamente sus emisiones, evitar que el calentamiento global sobrepase los 1,5 C y ayudar a las pequeñas productoras y productores a adaptarse al cambio climático.[142]

 

 

 

NOTAS

 

[1] Según el Centro de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins (CSSE), el promedio diario de muertes por COVID-19 confirmadas durante la semana del 14 al 20 de junio de 2021 fue de 9967. Esta cifra equivale a 7 fallecimientos por minuto. Fuente: Repositorio de datos sobre la COVID-19 del Centro de Ingeniería de Sistemas (CSSE) (consultado por última vez el lunes 14 de junio de 2021).

[2] La Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF) es una iniciativa cuyo objetivo es mejorar los análisis y la toma de decisiones en torno a la seguridad alimentaria y la nutrición. Las organizaciones que trabajan en materia de seguridad alimentaria, incluidos los Gobiernos, utilizan la clasificación y el enfoque analítico de la CIF para medir la severidad y la magnitud de la inseguridad alimentaria aguda y crónica y la malnutrición aguda en los países, proporcionando a los responsables de la toma de decisiones un análisis riguroso consensuado y basado en evidencias a fin de fundamentar las decisiones en torno a la financiación, la programación y la elaboración de políticas. Oxfam es un socio global de la CIF. La escala de inseguridad alimentaria aguda de la CIF presenta cinco fases: mínima (Fase 1 de la CIF; acentuada (fase 2 de la CIF); crisis (fase 3 de la CIF); emergencia (fase 4 de la CIF), y hambruna/catástrofe humanitaria (fase 5 de la CIF).

[3] A fecha de 14 de junio de 2021, el número de personas en una situación de catástrofe (Fase 5 de la CIF) era de 521 814. A finales de 2019, cuando estalló la pandemia, esta cifra era de 84 500, lo cual supone un incremento del 517,5 % en el número de personas en una situación de inseguridad alimentaria catastrófica. Fuente: El Informe Mundial sobre crisis alimentarias (GRFC) de 2021 y los análisis más recientes de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF) sobre Etiopía (Tigray y algunas zonas de Afar y Amhara), Madagascar (Grand Sud), Sudán del Sur, y Yemen. Para más información sobre la fase considerada catastrófica según la Clasificación CIF (Fase 5 de la CIF), consultar http://www.ipcinfo.org/famine-facts/

[4] Oxfam ha aplicado las reducciones de las tasas de mortalidad brutas de la fase 3 de la CIF a la cifra global reflejada en el Global Report on Food Crises (GRFC) 2021, de 155 millones de personas en la fase CIF3+, para así calcular el número de personas que podrían morir de hambre por minuto. Según estos cálculos, podrían morir de hambre entre 7750 y 15345 personas al día (entre 5 y 11 por minuto).

[5] Véase la nota 1.

[6] GRFC 2021. Pág.22.

[7] Las Naciones Unidas hicieron un llamamiento para lograr un alto el fuego mundial que contribuyese a dar respuesta a la pandemia en marzo de 2020. Desde entonces, apenas ha habido avances en este sentido. Fuente: The Peace Agreement Database

[8] Stockholm International Peace Research Institute (abril de 2021) “Trends in World Military Expenditure, 2020

[9] Fuente: Servicio de Supervisión Financiera de la OCAH de la ONU. “Appeals and response plans 2021” (Consultado por última vez el lunes 14 de junio de 2021)

[10] Trends in International Arms Transfers, 2020,” SIPRI Factsheet, por Pieter d. Wezeman, Alexandra Kuimova y Siemon t. Wezeman, marzo de 2021.

[12] Oxfam Internacional (2020). Informe “Refugio en la tormenta

[13] Fuente: Forbes, “The World's Real-time Billionaires,” (consultado por última vez el 19 de mayo de 2021); y datos sobre llamamientos humanitarios de las Naciones Unidas (consultado por última vez el 1 de junio 2021).

[14] Según la EM-DAT, la Base de datos internacional sobre desastres, en 2020 se produjeron 398 catástrofes provocadas por el clima. (Consultado por última vez el 22 de junio de 2021).

[17] Los datos de los países de la región del Sahel en África Occidental CIF3+ para junio-agosto de 2019 comparados al mismo período en 2020 fueron respectivamente: Níger: 1,2 millones / 2 millones ; Malí: 554 000 / 1,3 millones ; Burkina Faso: 687 000 /2,1 millones ; Chad: 641 000 / 1 millón; Nigeria 4,9 millones / 7 millones ; Mauritania: 607 000 / 609 000; Senegal: 341 000 / 767 000. Fuente: Cardre Harmonise. 

[18] Millones de personas más se enfrentan a una crisis alimentaria cada vez más grave en Venezuela, pero no hay datos recientes fiables.

[19] Esta cifra no incluye a Venezuela.

[20] En abril de 2021, Oxfam y otras 400 ONG hicieron un llamamiento a los dirigentes mundiales para que redujesen el gasto militar durante tan sólo un día para así poder financiar los 5500 millones de dólares que, según el PMA y la FAO, se necesitan urgentemente para ayudar a las personas que están sufriendo los niveles de inseguridad alimentaria más graves. Desde entonces, el gasto militar se ha incrementado en 50 000 millones de dólares.

[21] 20 de los 25 países mencionados en este informe se han visto afectados por estos tres factores causantes del hambre (COVID-19, conflictos y crisis climática).

[22] GRFC 2021.

[24] GRFC 2021, pág. 22.

[26] GRFC 2021, pág. 17.

[27] Datos de la CIF sobre Etiopía, mayo -septiembre 2021- Publicados en 2021.

[31] Gabriela Bucher, “Conflicto y seguridad alimentaria” - Debate abierto en el Consejo de Seguridad de las Naciones unidas, 11 de marzo de 2021 (en inglés).

[32] Artículo 8(2)(e)(xix) del Estatuto de Roma, a semejanza del Artículo 8(2)(b)(xxv).

[33] Las cifras se basan en la comparación entre los datos de 2019 y los de 2020. Fuente: GRFC 2021 pág. 29.

[34] Estas cifras se basan en los datos sobre personas desplazadas internas entre diciembre de 2020 y marzo de 2021. Fuente: Humanitarian situation update  sobre la República Centroafricana. Marzo 2021.

[35] Base de datos de REACH. En Kaga Bandoro, por ejemplo, los precios se incrementaron en un 42 % entre noviembre de 2020 y abril de 2021. Kaga Bandoro ha sido el epicentro de los episodios recientes de violencia.

[38] GRFC 2021, pág. 22.

[39] GRFC 2021.

[41] El Índice de Precios de los alimentos de la FAO (FFPI) alcanzó un promedio de 127,1 puntos en mayo de 2021, 5,8 puntos (un 4,8 %) por encima de la cifra de abril, y hasta 36,1 puntos por encima (el 39,7 %) que en el mismo período del año anterior.

[42] FAO Índice de precios de los alimentos. (Consultado por última vez el 12 de junio de 2021).

[45] Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI). The Effects of COVID-19 Policies on Livelihoods and Food Security of Smallholder Farm Households in Nigeria” pág. 23. Diciembre de 2020.

[47] Actualmente, el 60 % de la población de Siria se encuentra en situación de inseguridad alimentaria aguda; fuente: Global Report for Food Crises 2021.

[48] El año pasado, el número total de personas en Fase CIF3+ fue de 6,6 millones. Fuente: Global Report for Food Crises, pág.32.

[49] Programa Mundial de Alimentos Market Price Watch Bulletin, marzo de 2021.

[50] Información basada en dos estudios realizados por Oxfam en junio y octubre de 2020. Este último estudio se llevo a cabo con 76 personas en las Gobernaciones de Hanano, Al Sfiereh y Tal Al Daman en Siria. Octubre 2020.

[51] Los cálculos de Oxfam se basan en los datos de la OIT y de ONU Mujeres sobre los 47 millones de mujeres que han pasado a estar en situación de pobreza desde el inicio de la pandemia. Oxfam Internacional (2021). “Las mujeres han dejado de recibir 800 000 millones de dólares de ingreso a nivel mundial debido a la pandemia”. Oxfam Internacional, 29 de abril de 2021.

[52] Oxfam Internacional. “2700 millones de personas no han recibido protección social para hacer frente a la crisis económica derivada de la COVID-19” 15 de diciembre de 2020; y Organización Internacional del Trabajo (2020) “Financing gaps in social protection: global estimates and strategies for developing countries in light of the COVID-19 crisis and beyond,” Documento de trabajo de la OIT nº 14, octubre de 2020. Autores/as: Fabio Durán-Valverde, José F. Pacheco-Jiménez, Taneem Muzaffar, Hazel Elizondo-Barboza.

[57] Facultad de Salud Pública de Harvard. Nutrición e inmunidad. Consultado por última vez el 14 de junio de 2021.

[58] Según el informe Weather, Climate and Catastrophe de AON. Informe anual 2021.

[59] Según el Informe Mundial sobre Crisis Alimentarias (GRFC) de 2021.

[62] FAO ”Damage and loss” (consultado por última vez el sábado 12 de junio de 2021).

[65] A pesar de que el cambio climático es uno de los principales causantes del hambre en el Corredor Seco, la violencia está enormemente extendida en Centroamérica. Fuente: GRFC 2021.

[73] GRFC 2021, pág. 252.

[77] The HNO 2021 – pág. 26.

[79] FEWS NET (2021). “Yemen Food Security Outlook Update” p1.

 

[80] GRFC, abril de 2021, pág. 253. 

[82] Yemen’s Fuel Wars: An economic driver of the humanitarian crisis. Mayo de 2021. Pág 1.

[89] GRFC 2021, pág. 17.

[90] AFGHANISTAN Strategic Situation Report: COVID-19 No. 93 (25 de marzo de 2021), pág. 2. ; GRFC 2021.

[97] GRFC 2021.

[98] Ibíd. pág. 227.

[99] OCHA FTS. The UN Humanitarian Response Plan for South Sudan a fecha de marzo de 2021.

[103] Las cifras se basan en la comparación entre junio-agosto 2019 y junio-agosto 2020. Cadre Harmonisé.

[104] Informe State of Food Security 2018, producido por la FAO.

[106] Esta cifra sobre malnutrición incluye a Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Senegal, Mauritania, la zona Nororiental de Nigeria y el extremo norte de Camerún. Fuente: https://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/2021%20Sahel%20Crisis%20HNRO%20-%20FR.pdf, pág. 5.

[107] La Cuenca del Lago Chad se encuentra en la frontera entre Níger, Nigeria, Chad y Camerún.

[109] Fuente: SIPRI 2021

[111] Résultats de l’analyse de l’insécurité alimentaire et

nutritionnelle aiguë Sahel, en Afrique de l’Ouest et au Cameroun. Informe de marzo-mayo de 2021, pág. 5.

[114] Codhez Food Security Survey Oct 2020

[119] REDE PENSSAN, National Survey on Food Insecurity in the Context of Covid. 2021.

[121] IBGE, National Household Sample Survey - Continuous PNAD, First Quarter 2021

[122] IBGE, National Household Sample Survey - Continuous PNAD, First Quarter 2021

[133] Informe El virus del hambre (citado como “Communication with South African Vulnerability Assessment Committee”)

[140] Oxfam pidió a los Gobiernos que apoyasen un Fondo mundial de protección social, con el objetivo de ayudar a las personas en mayor situación de pobreza a afrontar las repercusiones económicas de la pandemia.