Autora: Roxana Mancilla – Oficial Regional de Comunicaciones
En el último cuarto de siglo, el tamaño promedio de los hogares en América Latina y el Caribe pasó de 4.3 a 3.3 personas. Al mismo tiempo, la región atraviesa una transición demográfica marcada por una menor fecundidad, el envejecimiento de la población y cambios en la manera en que formamos nuestras familias.
Es un cambio profundo en la forma en que vivimos. Pero cuando esta conversación llega al espacio público, muchas veces parece que ya encontramos a la culpable de siempre: Eva.
La culpa es de Eva porque ya no quiere tener hijos. Porque estudia. Porque trabaja. Porque quiere viajar. Porque espera demasiado para ser madre. Porque tiene pocos hijos. O porque, simplemente, decidió no tenerlos.
Pero ¿y si la pregunta no fuera solamente por qué tenemos menos hijos o decidimos no tenerlos?
¿Y si también preguntáramos qué tan posible es hoy sostener una vida digna en familia?
Porque tener una hija o un hijo no implica únicamente tomar una decisión personal. Significa pensar en vivienda, alimentación, salud, educación, ingresos, tiempo y, sobre todo, cuidados.
Y aquí aparece una parte de la conversación que suele quedar fuera: los cuidados.
Las mujeres trabajamos cerca de 55 horas a la semana y una parte importante de ese tiempo corresponde a trabajo no remunerado. En promedio, destinamos casi 20 horas semanales más que los hombres a estas tareas: cocinar, limpiar, cuidar a niñas y niños, acompañar a personas enfermas, atender a personas mayores o simplemente sostener todo aquello que hace posible que la vida cotidiana funcione.
Cuidar no es solamente recibir cuidados. Es también dar cuidados.
Todas las personas somos interdependientes: en algún momento de nuestra vida necesitaremos que alguien nos cuide, pero también podemos encontrarnos cuidando a otras personas. El problema aparece cuando esa responsabilidad se distribuye de manera desigual y termina recayendo principalmente en las mujeres, dentro de los hogares y sin reconocimiento ni respaldo suficiente.
Por eso, hablar de reproducción también implica hablar de quién sostiene la vida.
Y aquí los hombres no pueden quedar fuera de la conversación.
La corresponsabilidad en el hogar no puede reducirse a “ayudar” a las mujeres. Cuidar, criar, acompañar y sostener las tareas domésticas son responsabilidades que también corresponden a los hombres. Si hablamos de las dificultades para formar una familia, también tenemos que preguntarnos cómo se distribuyen esas responsabilidades dentro de ella y qué pasa cuando la paternidad se ejerce de manera ausente o desigual.
Pero tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad a las familias.
El Estado tiene una responsabilidad pública distinta y mayor: garantizar condiciones que permitan que las personas puedan vivir, cuidar y ser cuidadas con dignidad. La vivienda, la salud, la educación, los servicios de cuidado, las licencias y las condiciones laborales no deberían depender exclusivamente de cuánto dinero tenga cada hogar o de quién dentro de la familia esté dispuesto a sacrificar su tiempo.
Porque cuando esas redes no existen o son insuficientes, los costos terminan trasladándose a la vida privada.
Y entonces aparecen elecciones que ninguna persona debería tener que enfrentar como si fueran inevitables: estudiar o cuidar, trabajar o acompañar a alguien enfermo, pagar la renta o acudir al médico, tener tiempo para una misma o dedicarlo completamente a sostener a otras personas.
No hay tantos intermedios.
Pero hay algo que tampoco deberíamos perder de vista: mejores políticas de cuidado no significan que las personas tengan la obligación de tener hijos.
El derecho a decidir no funciona en una sola dirección.
Una sociedad que garantiza cuidados no debería hacerlo para convencer a las mujeres de ser madres, sino para que quienes quieran serlo puedan hacerlo sin que la maternidad implique cargar en solitario con todos sus costos. Y, al mismo tiempo, para que quienes no quieran tener hijos puedan tomar esa decisión sin ser señaladas como responsables de una transformación demográfica.
Las decisiones reproductivas no ocurren en el vacío. Se toman dentro de contextos económicos, sociales, culturales y políticos concretos. Esos contextos pueden ampliar nuestras posibilidades o reducirlas.
Así que tal vez vale la pena cambiar la pregunta ¿por qué estamos teniendo menos hijos? por: ¿qué condiciones necesitamos para poder decidir libremente si queremos tenerlos, cuándo y cómo?
Hablar de transición demográfica también significa hablar de cuidados, de interdependencia y de quién sostiene la vida. Significa preguntarnos cuánto cuesta cuidar, quién está asumiendo esos costos y qué responsabilidades corresponden a las familias, a los hombres, a las comunidades y, de manera fundamental, al Estado y cómo este nos está facilitando o no las condiciones para decidir.
Porque si queremos entender qué está pasando con la natalidad, quizá necesitamos dejar de mirar únicamente las decisiones de las mujeres y empezar a mirar el mundo en el que estamos tomando esas decisiones.
Te invito a leer “Cuidar en tiempos de transición demográfica”, una nota reactiva de Oxfam y #TrenzandoCuidados que pone los cuidados en el centro de esta conversación y nos invita a pensar qué hay detrás de los cambios demográficos que estamos viviendo.
Quizá el problema nunca fue Eva.
Quizá llevamos demasiado tiempo preguntándole qué está haciendo mal, en lugar de preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que todas las personas podamos cuidar, ser cuidadas y decidir sobre nuestras vidas con libertad y dignidad.
Puede consultar la nota reactiva aquí:
https://lac.oxfam.org/justicia-de-genero/cuidar-en-tiempos-de-transicion-demografica/

